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Era una ciudad fría y oscura. Las sombras de las casas se reflejaban en la montaña, aquella que por las noches se tornaba completamente negra y en la que nadie con dos dedos de frente se atrevía a adentrarse...


Las casas formaban una especie de laberinto interminable con un montón de callejones que no llegaban a ninguna parte. La policía no se atrevía a merodear sola, de hecho, la policía no salía de comisaria por miedo a lo que pudiera suceder. Por lo tanto, con el paso de los años, más que una comisaria parecía una residencia de ancianos.

Era un caos. Gente sin casa se arrastraba en la penumbra intentando conseguir algo que comer o un sitio donde dormir, pero nadie colaboraba. Los que tenían la suerte de tener un techo sobre sus cabezas se escondían en sus casas, cerraban las cortinas y se negaban a ver lo que le había sucedido a su precioso imperio; lo que antes era grandeza se había reducido a cenizas. Pero había un lugar distinto. Lo recuerdo bien. Un lugar en el que no había sombras porque tenían prohibida la entrada; era un pequeño parque situado en la zona meridional de la ciudad, justo al lado del cementerio. Lo descubrí el día del incendio, el día que me abandonaron. Era un lugar lleno de luz. Solía pensar que por cada gota de oscuridad que circulaba por la ciudad se había plantado una rosa en aquel oasis, una rosa llena de vida que reflejaba la belleza del mundo entero. Cuando llovía, el agua que se posaba en las rosas tenía un sabor especial, único, ese sabor que solo ofrecen las cosas realmente puras.

Ese parque era lo único bueno que quedaba en aquella ciudad de miseria, era ese rayo de esperanza que necesitaba la población para continuar; pero sus almas estaban demasiado cansadas como para poder apreciar su belleza. Cada vez que uno de ellos pasaba por ahí creía que se lo estaba imaginando, que era imposible que algo tan bello se encontrara en una ciudad llena de vergüenza, de rencor y de venganza. En esa ciudad mancillada en la que solo quedaba esperar a la muerte y observar el pasar de los segundos, lentamente, tras el cristal del reloj. Y, mientras tanto, las rosas se marchitaban. Sin esperanzas, ni expectativas. Sin nadie que pudiera librarlas de su desdicha.

Lo que queremos averiguar, en ocasiones, ya lo sabemos, pero nos perdemos dando palos como ciegos