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8 de diciembre del año 2015. 19:00

              ―La única manera de encontrase a uno mismo es viajar ―dije. ―Irse lejos, conocer otras culturas y alejarse de casa. Vivir aventuras sin tener nada a lo que aferrarse, sin cinturón de seguridad o chaleco salvavidas que te saque de las piedras que puedan aparecer en el camino. Todos tenemos que hundirnos para encontrarnos a nosotros mismos. Como un Titanic que se hunde, y resurge de las profundidades. Al menos, desde mi punto de vista, esa es la mejor opción.

 

              ―No ―dijo ella. ―La única manera de encontrarte a ti misma es madurar. Y eso lo puedes hacer aquí o en Suiza. No es cuestión del lugar, sino de lo dispuesta que estás a aceptar los riesgos. ¿Sabes lo que creo? Creo que eres una cobarde. Que tienes miedo a arriesgarte aquí porque tienes más cosas a las que enfrentarte, porque la gente te conoce y, si pierdes, aquí esa pérdida puede costarte más que en la otra punta del mundo. Pero, aún así, esas pérdidas son necesarias para poder crecer. Además, la gente va y viene como el viento. Y solo cuando llega la tempestad te das cuenta de que los que valen la pena, al final del día, son los que siempre te dejarán un sitio para guarecerte bajo su paraguas.

              ―No creo que sea eso ―musité mientras miraba por la ventana. ― Estoy segura de que hay algo que se nos escapa. Y eso es lo que espero encontrar, la respuesta a ese espacio que ni tú ni yo somos capaces de entender.

              ―Algunos dicen que no existe ese «algo», que es simplemente nuestra mente jugando con nosotros. La esperanza que se instala en nuestro cerebro de que existe algo más que el aburrido y monótono ser humano.

              ―A lo mejor es, simplemente, un vacío. Un mísero centímetro de espacio que nos separa y que marca la diferencia. Un espacio que, por mucho que intentemos cerrar, sigue ahí. ¿Te imaginas lo que puede suponer el conjunto de esos pequeños espacios que nos separan y que nunca llegarán a cerrarse? Nunca conseguiremos entendernos del todo porque todos nuestros pensamientos y nuestras emociones cambian y se distorsionan en cada vacío, generando agujeros negros en nuestra memoria que nosotros, sus dueños, ignoramos. Son fragmentos de nada que forman un todo. Que nos forman a nosotros, pero que, combinados de distinta manera, darían lugar a otra persona completamente diferente.

              ―Creo que te sigo. Puede que estés en lo cierto; sin embargo, me niego a pensar que el vacío entre tú y yo no puede reducirse. Me niego a creer que el ser humano no puede mostrar empatía o comprensión. Me opongo a la idea de que el roce de alguien no pueda reducir ese agujero negro del que hablas. Porque cuando conectas con alguien, cuando conectas de verdad, parece que nuestros universos se juntan para forman uno nuevo. Menos personal, pero sin duda más armónico.

              ―Quizás la diferencia radica en que, para ti, el espacio es malo. Pero para mí la belleza del mundo radica justamente en la división de las almas.

              ―En ese caso, el ser humano solo tendría una única oportunidad para no estar solo.

              ―¿Y cuál es, si puede saberse? ―pregunté, intrigada.

              ―La esperanza de poder encontrarnos a nosotros mismas a pesar de los vacíos, espacios, agujeros y abismos. De encontrar algo a lo que aferrarnos, ya sea una persona, un lugar, o un objetivo. Siempre nos queda la esperanza de encontrar algo que nos ayude a reducir el espacio que nos separa del resto del mundo.

              ―Entonces… ¿Otro vino?

 

Lo que queremos averiguar, en ocasiones, ya lo sabemos, pero nos perdemos dando palos como ciegos