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Preguntas tengo muchas. Respuestas, más bien pocas.

 

Miedos no me sobran, aunque la mayoría no los entiendo y surgen así, de repente, para luego marcharse y dejarme agotado y confuso, como si hubiera corrido un maratón descalzo. Los cafés se suceden con el tiempo, siempre igual de oscuros, igual de amargos. A veces creo que esta sucesión de días que estamos obligados a vivir me tragará y se llevará consigo mis pensamientos, mis sentimientos, y unos zapatos cansados y rotos de tanto andar por carreteras que no llevan a ningún lado, y por aceras grises como las cenizas de los que ya no están. En ocasiones creo que podríamos difuminarnos de manera tan sutil que nadie lo notaría. Después, vuelvo a centrarme en el café. Maldito vicio. Maldita fe. Maldita esperanza que persiste e insiste en que vuelva a caer, y que me levanta cada vez que quiero sumergirme en la pared.

Lo que queremos averiguar, en ocasiones, ya lo sabemos, pero nos perdemos dando palos como ciegos