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A todos nos asustaba la idea de ir a casa de mi amiga Clara. Era bien sabido lo que sus entrañas guardaban, aunque nadie se hubiera atrevido a hablar de aquello desde el incidente.

Clara era tímida y cerrada. Aún así, tenía ese poder de liderazgo con el que solo se nace. Por eso la mayor parte de la clase no hacía preguntas, solo ponían su fe ciega en manos de una niña callada y más blanca que la leche de las ovejas del rancho de mi tío. Yo no era excepción, Clara había sido mi mejor amiga desde la guardería, no obstante, por aquel entonces su personalidad era distinta. Era extraño el día en el que llegábamos a casa antes de las seis, y siempre nos quedábamos en el parque jugando a ser espías de la Reina hasta que nuestros padres agotaban la conversación. Con el tiempo aprendimos que, si el debate trataba de política, ese día se nos haría de noche en el parque y entonces podríamos escondernos de los duendes con más facilidad.

Clara cambió el día que murió su madre. Entre las dos siempre había habido una conexión palpable, Susana sabía cuando su hija necesitaba hacer pis, cuando tenía hambre y cuando era el momento de abandonar un acontecimiento social y abrazar la soledad del silencio. Por eso, yo no había visto llorar a Clara ni una sola vez en toda su infancia, ni siquiera realizar ese leve fruncimiento de cejas que aparece en nuestra cara cuando las cosas no salen como uno quiere. Aparte de eso, sobra decir que madre e hija eran como dos gotas de agua. Una amable sonrisa, ojos negros como el carbón y de expresión pensativa.

El día de la muerte de su madre, Clara llegó al colegio más temprano de lo normal. Yo siempre llegaba antes ya que prefería hacer los deberes a esas horas y sin que mis padres me mataran a explicaciones matemáticas. Cuando la vi, me pareció percibir algo distinto, aunque puede que este recuerdo sea falso, y solo sea un espejismo que elaboré al conocer los hechos. Pero siempre he creído que en ese momento Clara ya sabía que no volvería a ver a su madre. Ese día no se sentó a mi lado. «¿Cómo es que te han traído tan temprano, Clarita?». Con su mirada clavada en mí, la única respuesta que recibí fue «he venido andando». Creo que esa fue nuestra última conversación. Nunca entendí por qué dejo de hablarme, sin embargo lo acepté como algo natural.

No creas que la cosa quedó ahí. Un año más tarde yo ya soñaba con ser policía, y, por fidelidad a mi profesión y por el juramento que había hecho con mi padre al libro de Historia de la Constitución que mi hermana tenía en la estantería, decidí investigar la muerte de la madre de Clara. El misterio reside en que su cadáver no se encontró, solo hubo una denuncia por desaparición. No obstante, padre e hija nunca aceptaron otra teoría distinta a la muerte y tampoco quisieron discutir las posibles razones por las que Susana hubiera querido escapar de su vida cotidiana.

Aquí empieza lo extraño. Clara siempre me había hablado del espejo que se escondía en la habitación de sus padres. Me decía que le aconsejaba, que le había mostrado librerías en las que no se distinguía principio o fin y que, en más de una ocasión, había intentado pasar al otro lado para averiguar quién se escondía detrás. Yo solo había visto el espejo una vez, pero tras pensarlo bien decidí que tenía que saber si la madre de Clara estaba escondida tras el espejo, como Alicia. Una buena mañana, cuando sabía que la familia no estaría en casa, me colé por la ventana del segundo piso. Entré en la habitación de los padres de mi amiga, llena de cajas con fotos de familia y ropa de mujer. Entonces, al fondo, lo vi. Su marco era plateado y, cuando te acercabas un poco a él, tu desfigurada silueta también se iba agrandando, como si lo llenara de vida. Sentí un escalofrío y me miré los brazos, ¿no podía estar absorbiendo mi energía, verdad? Di un paso más, con cautela, como si el espejo pudiera atraparme en cualquier momento. De repente, me pareció escuchar una voz procedente del cristal, unos golpes, ¿una petición de ayuda? Me quedé petrificada, mis pies paralizados, mi mirada clavada en el espejo. No podía ser ¿Acaso tanto juego había acabado con mi cabeza? Decidí ser fuerte, una misión empezada tenía que resolverse pasara lo que pasara. Me acerqué un poco más, y vi una luz en el borde derecho. Entonces, todo ocurrió muy rápido, vi a una mujer de espaldas rodeada de animales alados ¿murciélagos? mi corazón dio un vuelco, y fue solo al sentir el empujón cuando supe que la investigación jamás sería resuelta.