default_mobilelogo

Me gusta pasear por la playa, por eso todos los días me acerco a observar el amanecer. En ese momento te sientes la persona más pequeña del mundo y la inmensidad del océano te aplasta, dejándote sin respiración.

 

En ocasiones me quedo tan absorta en mis pensamientos que cuando me quiero dar cuenta ya es totalmente de día. Otras veces se me aparecen los fantasmas del pasado y la melancolía se apodera de mí. Pero sin ninguna duda mis amaneceres más tristes son aquellos en los que la veo. Es una mujer mayor, de unos setenta años. Algunos días, se sienta en la orilla con los pies estirados, esperando pacientemente que una ola los moje, y otros simplemente se sienta en el banco del paseo, observando la entrada del Sol como si fuera algo ajeno a ella, algo que no mereciera presenciar.

Desde el primer día que la vi no puedo dejar de pensar en ella. Sus ojos azules miran tristes hacia el infinito. A veces me pregunto si acabaré siendo como ella, si acabaré sola mirando el horizonte como si me faltara algo. Hoy, cuando nos hemos cruzado, he intentado imaginarme una historia para ella, darle un sentido a sus amaneceres. Probablemente ella haya hecho lo mismo conmigo; se haya imaginado mi historia y haya pensado que soy demasiado joven para estar todos los días en la playa observando el amanecer. Pero eso no lo sé. Está empezando a llover y su largo pelo blanquecino se le pega a la cara. La verdad es que siempre tengo la sensación de que está esperando algo… o a alguien. Hay una nota en su mirada que muestra la cantidad de amaneceres que ha pasado en esta playa.

Desde que era pequeña, jugaba con sus amigas a las palas; en la adolescencia, el mar fue testigo de sus primeros besos y, cuando creció, sus hijos empezaron a jugar con ella también sobre esta misma arena. ¿Qué le pasó? ¿Qué es lo que hizo que acabara mirando el mismo horizonte todas las mañanas? Yo creo que fue la esperanza. La esperanza es una cosa complicada. Es lo que te empuja a seguir, lo que te hace más fuerte y te muestra que no todo está perdido. Pero exactamente ese es el problema… no tenemos claro cuando es el momento adecuado para perder la esperanza, cuando hay que dejar de buscar o dejar de insistir. La persona que dijo "la esperanza es lo último que se pierde" tenía razón, somos nosotros los que nos equivocamos otorgándole un sentido positivo. Que la esperanza sea lo último que se pierda es una mala señal, deberíamos ser capaces de aceptar la derrota, de no quedarnos esperando en cualquier banco de algún paseo por si acaso. Deberíamos, sencillamente, ser capaces de pasar página y sólo recordar que lo vivido fue bonito, pero que todavía hay mil experiencias más por vivir. Da igual lo mayores que seamos, siempre va a haber algo que hacer por primera vez. Esa es la belleza del mundo y la razón por la que todos los días me acerco a la playa. Cada vez que el Sol se levanta, es un nuevo día. Una nueva primera vez. Y yo soy incapaz de quedarme sentada viendo pasar una nueva oportunidad. Por si acaso.

 

Lo que queremos averiguar, en ocasiones, ya lo sabemos, pero nos perdemos dando palos como ciegos